Conversación (fingida) con el espíritu de Chema Cobo. Una escena fantasma

A.R.Samaniego: Por comenzar parafraseando a un (no)amigo común, un tal Blanchot: casi podríamos decir que en el espacio pictórico lo inexistente se hace –aunque sólo sea ahí- posible. Si todo creador visual suele aspirar a entrever lo invisible, demasiados sin embargo aspiran a expresar lo inexpresable. Pero la pintura no habla ni dice cosas, aunque, como tú dices, guarde memoria, porque, como sentenciaría Heráclito, más bien tan sólo apunta, o designa, pero no significa.
C.Cobo: Lo que no se ve debe significar algo. Lo que se muestra no es lo visible, tal vez lo sea la otra parte. Todo esta detrás de la cortina. Nadie quiere mirar detrás de la cortina de imágenes. ¿Qué hay detrás de la pantalla de proyección?
A.R.S.: Ciertamente, tras las fronteras de la oscuridad, o de la cortina, uno siempre lo espera todo del lado impenetrable, al que sólo la no-visión accede. Y lo curioso es que detrás de todo – después de todo- está la nada, y no más bien algo.
C.C.: Nadie se atreve a levantar la cortina… tanto miedo da el silencio, el vacío. Representar es aceptar lo efímero y ambiguo de la puesta en escena.
En los entresijos de huellas y falsas pistas, la imagen aparece como un fantasma en el espacio ilimitado de su representación. La imagen de donde se parte es como una foto fija mental, borrosa e imprecisa… la pintura ha de huir de los modelos coherentes de la realidad.
A.R.S.: La imagen, efectivamente, es el fantasma. Algo menos que un objeto, pero algo que arrastra un más de memoria. “Todo gran espíritu – señaló Victor Hugo- cumple dos obras en la vida: como viviente y como fantasma. Mientras el hombre se dispone a cumplir lo que debe hacer, el pensativo fantasma que hay en él, durante la noche, en el silencio, se despierta en el hombre vivo.” Ver, pues, frente a hacer, revelación o desvelamiento (aunque sea de la ausencia, de la insignificancia), contra todo orgullo de la acción, o gesto.
“Ese ‘doble’ monstruoso, subterráneo -se ha escrito de Hugo-, no lo descubría sino por un ‘horreur sacré’. En él aparecía bajo aspectos múltiples, espantosamente contraídos, desde la figura de Cuasimodo hasta el sol negro desde donde irradia la noche. En el dudoso ciudadano llamado Chema Cobo todo ese guiñol ahora se ha adelgazado en la hipersiniestra banalidad de la sobremesa, en la inercia – y la inepcia- de un florero, en la deflagración de una lámpara o de una bombilla barata. Porque, por lo demás, no es en absoluto verdad que el imperio de la técnica  haya acabado con los fantasmas, ¿no te parece? Más bien sucede lo contrario. Antes la pesadilla cabalgaba a lomos de una yegua, ahora se ve alimentada por las turbinas de un avión. No hay  - como ha notado Virilio- era más sobrenatural que la que se inaugura con el teléfono. Algo, ciertamente, se crea a partir de ahí que se sitúa al margen de la experiencia de cualquier cuerpo o  vida corriente, o tal vez que conduce toda vida corriente hacia un margen. Podría hablarse también, con Foucault, de la violencia estúpida de las cosas. Como esa realidad apática que se refleja en tus espejos.
C.C:“La realidad es el resultado del encuentro de 2 ficciones” dejó dicho Marcel Broodthaers.
Efecto polaroid: entre la pintura y la realidad no hay relación de causalidad. No hay relación directa, entre ellas hay un vacío a rellenar… este espacio es un agujero donde las palabras flotan y deambulan en busca de sentido. ¿Espacio de deseo?
A.R.S.: Ambigüedad esencial de las imágenes, poder tremendo de un no-lenguaje que habla a través de un gran narciso, sin que él mismo pueda evitar sus terribles efectos, y de ahí todas las estrategias de simulación y trastorno, la voluntad incluso de ofrecerse y su encubrimiento y, a la vez, su contradictorio orgullo, su imposición suprema y su furtiva venganza.
C.C.: Las imágenes, ahora, no tienen consecuencias… la imagen es amnesia. La imagen habrá pues que leerla cual si de un fantasma se tratara, el único “modo de hacer” que se me ocurre es tratarla como un palimpsesto… bien sea superponiendo capas, bien sea borrando huellas...
Intento navegar en la máxima ambigüedad (ironía socrática) representando lo que aparece como real, como si de una ficción se tratara y tratando la ficción como si fuera real. Representar un cierto pathos como si todo obedeciera a la mecánica del mundo de los autómatas.
A.R.S.: Sin embargo, yo diría que en tu obra – como por cierto en la de Hugo- se puede apreciar como una intensa hipnosis corrosiva. También, diríamos, una suerte de paranoia o de hipernoesis, incluso, de las cuales es efecto – no menor- el fantasmismo. El cual tal vez no consista sólo la capacidad de trasponer en misterio lo real mismo, sino más bien en que ese transporte conduce siempre a la dispersión, a la pérdida o el abandono apasionado de un centro y, por tanto, a la deserción o desaparición de cualquier unidad interior.
C.C.: Por eso, en el cuadro los elementos de composición son siempre paradójicos. Hay que evitar cualquier tipo de satisfacción visual inmediata. La imagen o punto de partida es fragmentaria, el proceso fragmentará aún más tales fragmentos originales. Podría aludir también a la voluntad de neutralidad absoluta de la superficie del cuadro. Allí donde, además, los sujetos a tratar en el lienzo son elegidos casi azarosamente, accidentalmente fragmentados y voluntariamente decolorados… el interés es otra luz.
A.R.S.: Habría además que considerar el hecho de que en tus últimos cuadros ese proceso de transformación hacia lo fantástico se vincula casi siempre con los destellos de la muerte.  He ahí la figura suprema que trae siempre el dado de la suerte, sonriente y anamorfo como una calavera mostrenca. Es ese un ámbito que enlaza las cadencias interiores y más angustiosas de la psique (morbidez que colinda con la propia extinción) con las sombras fugitivas de las apariciones que corresponden al misterio propio del universo entero, reducido sin embargo a un estúpido merodeo en torno de una habitación de domingo.
C.C: Desconfío profundamente de la imagen∫. De su aprehensión  y de su construcción. Y, sin embargo, espero aún que la imagen nos devuelva el enigma, la ilusión, la magia, la seducción, ese otro que agoniza como un pez boca arriba en una pecera.
A.R.S.: Fíjate lo que dice Hugo,  alguien que, esencialmente vio -  y entre otros, infinitos fantasmas-: “Es preciso que el soñador sea más fuerte que el sueño. De otra manera hay peligro. Todo sueño es una lucha…Un cerebro puede ser roído por una quimera…” La forma que engendra el creador para habitar y recorrer estos territorios de lo inexpresable, para tratar de resistir el acoso de esas zonas de indeterminación, fondo donde se disuelven las formas (humanas y no sólo humanas), no puede ser otra que el fenómeno espectral que se despliega en la pluralidad de la voz acusmática, la boca de sombra, los reflejos, la llamada de los espíritus, la escritura revelada de la mesa giratoria, como una nuca o un espejo que vuelve; en fin: el espectro. He ahí el doble fantasmático y nocturno de Hugo, y también tu blanquecino partenaire, enemigo rumor: una suerte de proyección afectiva que “sería el doble inorgánico del otro, un atletismo del devenir que revela únicamente unas fuerzas que no son las suyas, ‘espectro plástico’”(Deleuze-Guattari)

C.C.: Tengo la sensación, me remito a Barthes, de que de repente he dejado de ser moderno. Gráficamente, te describo cómo me siento: imagina cómo queda suspendido en las profundidades un ángel ejecutado por la mafia, tras ser arrojado al río Hudson con un gran bloque de hormigón atado a sus tobillos… más o menos así, como un ángel en conserva, danzando al ritmo de las corrientes. Estas cosas ocurren siempre cuando se descubre que  hemos dado el salto (Nietzsche).

A.R.S.: Es interesante lo de Barthes. La muerte de Barthes, el carácter extrañamente (a)significante de su atropello. Por un lado, la ceguera ante los signos (urbanos) del gran decodificador. Por otro, no dejo de pensar en el hondo carácter barthesiano del suceso: una camioneta atropella al sabio (atolondrado, topos clásico). Pero no una camioneta cualquiera, sino la de una lavandería. Veo aquí un sentido obtuso – que por cierto aprecio a menudo en tu pintura, en la declaración y delectación de las nucas femeninas, por ejemplo, o en la cabellera enigmática como irrupción de vida, inversión misma de la calavera- que se cruza –nunca mejor dicho- con la típica ensoñación de Barthes en torno a la interrupción final del sentido. Centrifugado absoluto de los referentes y los signos: lavado total, blanqueado (de hueso o de calavera, o de dado de juegos de azar).
El final, pues, de todo juego, fuego o transporte (de toda metáfora, por tanto) es la pacífica y cortante pulcritud de un paño blanco y mortuorio, como recién lavado. La atmósfera anodina y apática del espectro, he ahí lo que queda de la pérdida, oscilante muerto-vivo, admirable resucitado, entidad dudosa e informe: él mismo una mancha en lo infinito desolado, algo que se desvanece en el pozo, resto náufrago e interválico que desparrama su perplejidad como el autorretrato de un loro.
C.C: En el espacio psicológico que quiero crear con la instalación de las obras, lo ideal sería conseguir que algunos presintiesen todo aquello como un intento de establecer como motivo un cierto “goce de la apatía”. Quiero que la atmósfera final sea  sonámbula, anestésica, algo deslumbrante y desenfocada, una escena fantasma, el espacio propio y adecuado para que resurja la imagen. El fantasma es el espacio de la imagen.
A.R.S.: Para acabar, y acabar también por ahora con los muertos. Mira lo que acabo de leer hoy, sábado 13 de enero de 2007, en un periódico: “Robo de órganos de cadáveres en el Policlínico de Roma. El jefe del hospital Humberto I de Roma ha ordenado poner escolta armada a los cadáveres para que no les roben los órganos durante el traslado de la habitación al tanatorio. Los ladrones muestran especial predilección por las córneas.”
C.C.: No cabe mejor conclusión. Somos, efectivamente, muertos que ven. Con razón te decía que debíamos desconfiar de nuestras prácticas de visión.  

Alberto Ruiz de Samaniego-Chema Cobo (Pontevedra-Málaga, noche del 13 enero de 2.007).

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