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Laberintos
Tiene la costumbre, Damián Flores,
de reproducir sus exposiciones en un trozo de cartón, que
cuelga de una alcayata en la pared del estudio. Allí, nada
más empezado, traza las líneas esenciales de lo que
será cada cuadro, sus medidas y forma y, en ocasiones, el
título. Según el trabajo avanza, el cartón
se va llenando de papelitos blancos sujetos con cinta adhesiva que
tapan los cuadros ya terminados, o los que presumiblemente no van
a darle más complicaciones. Ignoro qué misión
tendrá, más allá de la meramente documental
o contable, tal vez incluso cabalística o supersticiosa,
ese juego de papeles y borrones, de luces y sombras y trazos apresurados,
pero resulta divertido ver los cuadros apenas esbozados en el cartón,
e intentar después identificarlos, comprobando parecidos
y diferencias con los reales, por las paredes y el suelo.
Y es en cierto modo inquietante comprobar cómo lo que se
intuye es la mayor parte de las veces engañoso: la enorme
mancha negra del dibujo, en la que nos pareció ver el mar,
es en realidad un jardín; lo que creímos que eran
tapias derribadas no son sino las caprichosas arquitecturas de las
tierras de labranza, y en lo que semejaba ser una construcción
infantil, un montón informe de cubos en precario equilibrio,
acabamos descubriendo una perspectiva de tejados y terrazas.
Siempre me ha interesado la manera en que trabajan los artistas,
el modo en que construyen su mundo alrededor de ese universo volátil
de pinceles y trementina. Damián pinta con la minuciosidad
del testigo: su trabajo se basa en imágenes que va recopilando
en sus viajes, o que encuentra en periódicos o en libros.
Son recortes y fotografías que fotocopia y amplía,
que pega y recorta, alterándolos hasta conseguir una mirada
fantasmal, en blanco y negro, que nunca es inocente, mucho menos
casual, y jamás rutinaria.
Ese es el punto de partida de toda su obra. Y es probable que lo
primero que llame la atención de su pintura sea, precisamente,
esa visión impensada, llena de perspectivas y ángulos
insólitos que muestran sus paisajes, lugares apacibles y
luminosos fidedignamente recreados, al menos en apariencia. Porque
ante sus cuadros se acaba siempre teniendo la sospecha de que lo
que se contempla es una realidad fabulada, figurada, repleta de
invenciones y lugares inexistentes, a veces inquietantemente inapreciables.
La pintura de Damián Flores presenta, a mi juicio, esa atractiva
dualidad de lo imaginario y de lo poderosamente real, una invención
en la que todos los mundos son posibles, tal vez incluso deseables,
o preferibles.
En su nueva propuesta, se adentra en un tema que desde hace tiempo
lleva madurando: los laberintos, encrucijadas, recodos, los impedimentos
que se nos entrecruzan, y que dificultan la llegada.
Esta vez la exposición no es un viaje, como acostumbra, sino
varios que comparten el destino, aunque no la ruta. Así,
podría agruparse en tres epígrafes: campos, entradas
y salidas, y laberintos naturales y construidos. En todos los casos,
la figura central es el laberinto, cuya presencia está en
ocasiones subrayada, casi convertida en protagonista, mientras que
en otras aparece apenas insinuada, integrada en el entorno con pasmosa
naturalidad.
Otro aspecto reseñable es la variedad de los motivos. Contrastan
los espacios abiertos: playas, terrazas, azoteas, calles y labrantíos,
con los interiores cruzados de muros y cancelas, galerías
y corredores subterráneos en los que se vislumbra, siempre
al fondo, un punto de luz, que es la promesa, más bien la
certeza, de un mundo exterior.
Me apetece también mencionar ese barco, Minos, del que contemplamos
el puente, alto como un castillo, una revelación, y que nos
trae el olor intenso a salitre, un regusto clásico que nos
habla del Egeo, de Creta y Ariadna.
La exposición contiene también un homenaje, el retrato
del joven Borges, las manos apalomadas en el mango del bastón,
ante una enigmática biblioteca de pasillos anegados, tal
vez laberínticos.
Creo que, además de lo dicho, esta exposición de Damián
Flores tiene otra virtud añadida, y es que funciona no sólo
individualmente, cuadro a cuadro, sino también por acumulación,
como un todo en el que subyace un mensaje que cada cual será
o no capaz de interpretar, pero que tiene que ver con la idea de
que lo importante de los laberintos, lo que los convierte en tales,
no es encontrar la salida, como se piensa, sino el hecho mismo de
estar perdido. Una experiencia, esa sí, que bordea el capítulo
de la leyenda.
JESÚS MARCHAMALO
GARCÍA
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