Damián Flores 13 de diciembre de 2002 al 10 de enero de 2003

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Laberintos

Tiene la costumbre, Damián Flores, de reproducir sus exposiciones en un trozo de cartón, que cuelga de una alcayata en la pared del estudio. Allí, nada más empezado, traza las líneas esenciales de lo que será cada cuadro, sus medidas y forma y, en ocasiones, el título. Según el trabajo avanza, el cartón se va llenando de papelitos blancos sujetos con cinta adhesiva que tapan los cuadros ya terminados, o los que presumiblemente no van a darle más complicaciones. Ignoro qué misión tendrá, más allá de la meramente documental o contable, tal vez incluso cabalística o supersticiosa, ese juego de papeles y borrones, de luces y sombras y trazos apresurados, pero resulta divertido ver los cuadros apenas esbozados en el cartón, e intentar después identificarlos, comprobando parecidos y diferencias con los reales, por las paredes y el suelo.
Y es en cierto modo inquietante comprobar cómo lo que se intuye es la mayor parte de las veces engañoso: la enorme mancha negra del dibujo, en la que nos pareció ver el mar, es en realidad un jardín; lo que creímos que eran tapias derribadas no son sino las caprichosas arquitecturas de las tierras de labranza, y en lo que semejaba ser una construcción infantil, un montón informe de cubos en precario equilibrio, acabamos descubriendo una perspectiva de tejados y terrazas.
Siempre me ha interesado la manera en que trabajan los artistas, el modo en que construyen su mundo alrededor de ese universo volátil de pinceles y trementina. Damián pinta con la minuciosidad del testigo: su trabajo se basa en imágenes que va recopilando en sus viajes, o que encuentra en periódicos o en libros. Son recortes y fotografías que fotocopia y amplía, que pega y recorta, alterándolos hasta conseguir una mirada fantasmal, en blanco y negro, que nunca es inocente, mucho menos casual, y jamás rutinaria.
Ese es el punto de partida de toda su obra. Y es probable que lo primero que llame la atención de su pintura sea, precisamente, esa visión impensada, llena de perspectivas y ángulos insólitos que muestran sus paisajes, lugares apacibles y luminosos fidedignamente recreados, al menos en apariencia. Porque ante sus cuadros se acaba siempre teniendo la sospecha de que lo que se contempla es una realidad fabulada, figurada, repleta de invenciones y lugares inexistentes, a veces inquietantemente inapreciables. La pintura de Damián Flores presenta, a mi juicio, esa atractiva dualidad de lo imaginario y de lo poderosamente real, una invención en la que todos los mundos son posibles, tal vez incluso deseables, o preferibles.
En su nueva propuesta, se adentra en un tema que desde hace tiempo lleva madurando: los laberintos, encrucijadas, recodos, los impedimentos que se nos entrecruzan, y que dificultan la llegada.
Esta vez la exposición no es un viaje, como acostumbra, sino varios que comparten el destino, aunque no la ruta. Así, podría agruparse en tres epígrafes: campos, entradas y salidas, y laberintos naturales y construidos. En todos los casos, la figura central es el laberinto, cuya presencia está en ocasiones subrayada, casi convertida en protagonista, mientras que en otras aparece apenas insinuada, integrada en el entorno con pasmosa naturalidad.
Otro aspecto reseñable es la variedad de los motivos. Contrastan los espacios abiertos: playas, terrazas, azoteas, calles y labrantíos, con los interiores cruzados de muros y cancelas, galerías y corredores subterráneos en los que se vislumbra, siempre al fondo, un punto de luz, que es la promesa, más bien la certeza, de un mundo exterior.
Me apetece también mencionar ese barco, Minos, del que contemplamos el puente, alto como un castillo, una revelación, y que nos trae el olor intenso a salitre, un regusto clásico que nos habla del Egeo, de Creta y Ariadna.
La exposición contiene también un homenaje, el retrato del joven Borges, las manos apalomadas en el mango del bastón, ante una enigmática biblioteca de pasillos anegados, tal vez laberínticos.
Creo que, además de lo dicho, esta exposición de Damián Flores tiene otra virtud añadida, y es que funciona no sólo individualmente, cuadro a cuadro, sino también por acumulación, como un todo en el que subyace un mensaje que cada cual será o no capaz de interpretar, pero que tiene que ver con la idea de que lo importante de los laberintos, lo que los convierte en tales, no es encontrar la salida, como se piensa, sino el hecho mismo de estar perdido. Una experiencia, esa sí, que bordea el capítulo de la leyenda.

 

JESÚS MARCHAMALO GARCÍA