SUITE POUR FLORES
José Carlos Llop

En verano, cuando me levanto, lo primero que hago es contemplar el mar.

Es el mío un mar sin civilizar; más allá de griegos, fenicios y romanos, quiero decir. No es un mar moderno, quiero decir también. No hay pantalanes blancos con norays negros, ni banderas a rayas, ni clubs racionalistas, ni lanchas motoras, que apenas hay. Es el mar de un pequeño puerto de pescadores en la costa norte de la isla, donde hay días que creo estar en Grecia, o Túnez, o Sicilia. También en Mallorca, pero eso ocurre la mayor parte de los días del año. Aquí, frente a este mar que contemplo al levantarme, los ruidos tienen un tempo lento y están amortiguados; la luz es espléndida y hay horas del día en que es excesiva, africana, aplastante.

En verano, cuando, me levanto, lo primero que hago es contemplar este mar desde distintos ángulos de visión. Luego descanso de su esplendor y miro el horizonte, que es donde siempre transcurre el misterio, donde están las otras vidas. Al observar la silueta de un buque, tomo unos prismáticos para disfrutar con cierta minuciosidad de ese misterio. Entonces se perfilan cargueros que parecen una ciudad hecha de containers de colores tamizados por la calima, petroleros como pistas de aterrizaje con torre de control custodiada por chimeneas siamesas, transatlánticos envueltos en esa blanca atmósfera de felicidad pagada... El mundo patina sobre el horizonte que miro con los prismáticos a punto. El cielo y el mar son azules y en ese azul se acoge el navío entero o su fragmento. Hace tiempo que sé que, en alguno de esos momentos, mis ojos habitan un cuadro de Damián Flores Llanos. Para empezar el día, como quien no quiere la cosa.

Recuerdo que, años atrás, estando en Madrid, le pregunté a JMB de quién era esa pintura veneciana que colgaba junto a su cama de la calle Ferraz. En ella se veía uno de los dos campaniles –no recuerdo si el de San Marcos o el de la isla de San Giorgio– flotando en la Laguna y, en primer plano, un rostro, una figura familiar en extremo: Paul Morand, el cónsul chino de todas las Venecias, aunque siempre llegara cuando las luces ya se apagaban.

–’De Damián Flores’, me contestó mi amigo. ‘Te enviaré catálogos’.

Ahí empezó todo, hasta que necesité contarlo, cuando DF expuso en la Galería Estampa sus edificios racionalistas y su luz que es hermana de la que yo contemplo en verano al empezar un nuevo día. Y conté otra atmósfera límpida, cómoda y marítima en plena ciudad, que podría interpretarse como un fósil de la modernidad de entreguerras. Un vestigio, en fin, de lo que habría podido ser y no fue. Y un misterio, también, que DF resuelve en la luz. En la pintura de Damián Flores Llanos el misterio se celebra, sobre todo, en la luminosidad de su azul. Ese azul que enmarca, pinta y refleja buques, edificios, silos, depósitos de agua, siluetas de artistas, viejas casonas. Ese azul que ahora ilumina Nueva York en Santander, con una felicidad morandiana y poética. Flores es otro y en su mirada está también el círculo –el doble círculo de los prismáticos que confluyen en uno solo o el círculo del catalejo– que enmarca el azul que todo lo enmarca.

Del mismo modo –el doble círculo de los prismáticos que, al mirar, se convierte en uno solo–, hay dos Flores en uno. El metafísico, que es urbano y en los fragmentos de ciudad que retrata –o de caprichosa arquitectura urbana en medio del campo– vive lo deshabitado. El otro retrata y homenajea artistas, escritores, fotógrafos o arquitectos. En fin, gente. Como a Feeninger, en este Nueva York suyo, a Woody Allen, el clarinetista, frente al Cotton Club o a Morand de nuevo, cuyo Nueva York –traducido por Julio Gómez de La Serna– se llevó en la maleta Damián Flores Llanos para cruzar el Atlántico. La cita es inevitable, tratándose de Nueva York, y tratándose de DF o yo mismo. Como es –para mí y sospecho que para él también– inevitable regresar ahora a Juan Manuel Bonet. Hablo de luces. He olvidado el tiempo que hace que Bonet publicó en la revista Pasajes una nota neoyorquina sobre la que he dado vueltas a raíz de esta exposición en la Galería Siboney –la casa de DF, desde que advertí su pintura veneciana en la habitación de mi amigo–. La nota formó parte luego de La ronda de los días, un libro que se publicó en esta isla que, aunque sea Mallorca –o por serlo, precisamente–, a veces parece Sicilia, Grecia o Túnez. Esa nota dice: ‘Leyendo, en The Player’s Club, Grammercy Park, el rincón más amable y más Nueva Inglaterra de Manhattan, el recién adquirido Journal de Valery Larbaud. El ritmo civilizado de su prosa en la alta noche iluminada por los rascacielos rosas y verdes [...] Y los amaneceres blancos, atenienses, tempranos, tónicos; la euforia de Nueva York; la sensación de tener a mano lo mejor europeo, en una luz no usada.’

La sensación de tener a mano lo mejor europeo, en una luz no usada. En una luz no usada: ahí estaba anunciada –sin saberlo Bonet, ni ninguno de nosotros– la pintura neoyorquina de Damián Flores Llanos. Pero hay más: hace semanas, yo acababa de recibir de mi editorial ‘Historias de Nueva York’, del periodista Enric González, cuando encontré en el buzón de casa una deliciosa cartulina pintada por DF con acuarela verde (los rascacielos verdes de JMB). ‘El Empire para Llop’ se leía arriba a lápiz, en una vista donde aparece un fragmento del puente de Brooklyn y sobre él una misteriosa mujer que en ese momento me hizo pensar, no sé por qué, en el fantasma de Jacqueline Bouvier. Al abrir el libro de González al azar, me encontré con el nombre de Jacqueline Bouvier, que salvó la Grand Central Station de ser demolida. Y estaba leyendo ese libro cuando recibí un e-mail de DF, donde hablándome de un cuadro concreto me decía: ‘el mismo día que lo empecé vi por la noche Días sin huella, de Billy Wilder, y me emocioné con el Nueva York de la película’. Pocos minutos atrás, había leido en ese libro: ‘los cinéfilos pueden sentir el aguijonazo del déjà-vu al abrir la puerta, porque P.J. Clarke’s fue el Nat’s Bar de Días sin huella, la gran película de Billy Wilder’. Así, también, como quien no quiere la cosa y otorgando al azar la misma condición neoyorquina que le otorga Paul Auster en ese mantra que vertebra sus novelas, el pintor Damián Flores Llanos se incrustaba en mi Nueva York particular, que a partir de ahora es el suyo y que es la ciudad creada por todos. Desde Stieglitz a Axel Corti en la segunda parte de su Trilogía de Viena, de Robert Frank al Capote de Desayuno en Tiffany’s, del Chyrsler a Woody Allen, de Frank Lloyd Wright a esa elegía titulada Once upon a time in America... o ¿por qué no?, las canciones de Simon & Garfunkel... y así hasta el infinito, sabiendo que el firmamento de ese infinito es, sobre todo, el cine. El que hace que hayamos visitado la ciudad antes de visitarla, que vivamos en ella sin vivir allí y el que recrea la ciudad real en la ciudad imaginada y al revés. Aunque a partir de ahora sea inevitable, también, vivir en el Nueva York de Damián Flores Llanos, para quien he escrito esta suite bajo los influjos de Gershwin y los cargueros y transatlánticos patinando sobre el horizonte de este mar frente al que vivo en verano. Lejos de Nueva York, pero en su corazón, gracias a la pintura de DF. Aislado de la gente –excepto en sus homenajes–, instalado en su azul extraordinario, recortándose sobre ese azul para ser de Damián Flores Llanos y Damián Flores Llanos un neoyorquino más que agradece con  su mirada nueva todo lo que le ha dado esa ciudad y lo que sabe que todavía va a darle.    

 

 

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