Next to Nothing (Casi nada)
Fui a Tánger para encontrarme con Paul Bowles. Sus libros me habían fascinado, pero todavía más, su vida.
Compositor y escritor; viajero en su tiempo; alguien que busca.
En su casa encontré, sobre todo, serenidad. Tardes perezosas alrededor de la chimenea, apenas interrumpidas por alguna visita diaria, y tranquilos paseos al mercado. Incluso así, no eran tiempos pacíficos. El ultimátum norteamericano a Irak llegaba a su fin, y en breve Bowles sería el último ciudadano norteamericano en la ciudad. Todas las tardes cruzaba la Place Koweit para llegar a su casa, y cada vez lo encontraba más preocupado, a la espera de las noticias que le traíamos de la calle. No había televisión y nunca le vi encender la radio. Y, claro, no tenía teléfono.
Estas son las fotografías de ese tiempo tan peculiar.
Forman parte de un trabajo todavía en curso.
Introducción del libro My Tangier, Difusão Cultural, 1991
Next to Nothing II Segundo tempo
Le conocí gracias a la fotografía. Llamé a su puerta, en los apartamentos Itesa, con la excusa de una fotos para un periódico portugués, pero le dije que no había prisa, porque me quedaría algún tiempo en la ciudad. Creo que eso fue lo que le agradó. Tiempo. Ninguno de los periodistas que habían pasado por allí lo tenía. Una entrevista
para mañana, incluso para hoy, era la petición constante, según me contó (y más tarde describió en uno de los libros inéditos que tuvo la gentileza de regalar para mi libro de fotografías). Pero yo me fui quedando. Le visité todas las tardes, le acompañé en sus idas diarias al mercado y al correo, le fui fotografiando tranquilamente, sin ansiedades, porque más importante que las fotografías eran las palabras, las conversaciones.
Tenía la nítida sensación de hallarme ante un sabio, un hombre que había vivido su vida, trazado su destino, encontrado su alma. La casa y la persona de Bowles irradiaban serenidad, a pesar de su biografía y de que el montón de maletas a la puerta recordasen otras existencias. Hablaba con una voz tranquila, con una dicción formidable que ahora recuerdo, al escuchar un disco de historias, poemas y composiciones grabado para la Editorial Psalmodia Sub rosa en el año de mi primera visita.
La música era su pasión y fue como compositor como se hizo conocido, después de tener clases de piano y de teoría de la música con Aaron Copland. Cuando me habló de su música, me pareció notarle cierta pena por deber su fama a la escritura. Todavía en 1992 me escribió una carta en la que mencionaba que se dedicaba a tiempo entero a la composición de la partitura de una obra que se iba a estrenar en Tánger.
Durante años realizó grabaciones de canciones tradicionales en los más recónditos lugares de Marruecos que entusiasmaron, entre otros, a Mick Jagger y Brian Jones, vecinos del piso de abajo en Itesa. Y fue en su piso donde escuché una cassette de John Lurie, de la que me habló con mucho interés.
Sin teléfono ni televisión, su casa era una pequeña fortaleza. Había barreras que había que superar: su amigo Mohammed Mrabet, el escritor Rodrigo Rey Rosa e incluso la desconfianza natural de Bowles. Pero una vez iniciado en este círculo, uno se sentía en casa. Té, pastas y una chimenea siempre encendida servían de estímulo a la conversación que, en la época de mi primera visita, inevitablemente giraba en torno de la inminente guerra del Golfo.
En nuestras mentes, la guerra iba a durar mucho, meses, tal vez años. Nadie se imaginaba que todo pasaría tan rápido. Desde la ventana de Bowles observamos el arriado de la bandera en el edificio de enfrente de la Voz de América. Para él era la última vez que vería la bandera. Todos los ciudadanos americanos de Tánger y Marruecos ya habían sido evacuados, pero Bowles se había negado.
Según me explicó, prefería ir al infierno que a Washington, y por eso la idea todavía le gustaba menos.
Ésta es la sutil ironía que hoy me apetece recordar. Otros hablarán mucho mejor que yo de sus libros, de su vida, de sus desavenencias, de sus amistades, de la Sally Bowles de Cabaret que le debe su nombre, y, tal vez incluso, de su música, lo que, estoy seguro, le daría muchísima satisfacción. Por mi parte le estoy agradecido, y le deseo que encuentre a todos los otros, a Jane, Gertrude, Peggy, Allen, Jack, Ian, Brion,Tennessee, incluso a William, en ese cielo protector.
Escrito con ocasión de la muerte de Paul Bowles y publicado en el diario Público de 19 de noviembre de 1999
Next to Nothing, Tercer andamento, dos veces ocho años después
Cuando pienso en aquellas tardes, hace ya tanto tiempo, de lo primero que me acuerdo es del sabor del té, después del calor de la chimenea y, enseguida, de la voz, de la voz tranquila y melódica de Paul Bowles. Hablaba pausadamente, como quien ha pensado mucho lo que va a decir, pero también como alguien que sabe que se le escucha. Y el sonido era como el té y como la chimenea: caluroso y envolvente; y caía la noche y nadie se quería marchar.
En el modesto Hotel Paris de la esquina del Boulevard Pasteur mi cuarto era frío y no tenía calefacción. El invierno en Tánger tiene sus mañanas soleadas en las terrazas de los cafés, pero, aparte de eso, es bastante duro, y el suelo de piedra y el agua siempre helada de la ducha me hacían soñar con la chimenea de la casa de Bowles. No era una rutina que realmente hubiese durado mucho, pero sí lo suficiente como para quedarme en la memoria como tal rutina: por la mañana paseaba por la ciudad, explorando y fotografiando, bebiendo té a la menta con leche en el Café Paris, donde ya tenía una mesa de tertulia. Por la tarde temprano me encaminaba al barrio Itesa, un paseo de unos veinticinco minutos, que me llevaba a la puerta del pequeño piso en el que, si llegaba pronto, sabía que encontraría a Bowles todavía solo, sin las diarias visitas habituales o inesperadas. Así es como pude hablar con él sobre Malcom Lowry, a quien él no había leído, y sobre John Lurie, de quien acababa de recibir una cassette. También hubo, no me acuerdo bien por qué, otra mañana en la que le acompañé al mercado y a correos, pero ahí fuimos en coche. Me acuerdo de sentir una gran decepción cuando me dijo que su famoso Mustang estaba en el taller a la espera de unas piezas de repuesto y que tendríamos que ir en un Renault 4. Incluso así, cuando vio la fotografía que le saqué a través del parabrisas, con gafas de sol, comentó que había salido parecido a Marlon Brando.
Y en medio de todo esto estaban las fotografías, que, al fin y al cabo, eran un mero pretexto. Hoy en día a veces siento no haber hecho también fotos en color. De la luz matinal que entraba por las puertas de mi cuarto o de la máquina de escribir de Bowles, así como del límpido cielo del norte de África. Pero por entonces yo todavía veía el mundo en blanco y negro, lleno de ese grano, que, en cierta forma, iba bien con la humedad que había en el aire y que parece haberse colado visiblemente en mis negativos.
Después nos enteramos de la invasión de Kuwait y de las amenazas americanas a Irak. De repente, en las tardes en torno a la chimenea había otra voz: la Voz de América emitida desde allí mismo, frente a la parte de atrás del edificio de Bowles. Desde su balcón se veía bien la bandera americana que, poco tiempo después, fue retirada conjuntamente con todos los ciudadanos americanos evacuados de los países árabes. Bowles se negó a irse: estaba en su casa; y tenía razón. Unos días después hubo en el Boulevard Pasteur una manifestación de apoyo a Hussein y (algo sin precedentes en Marruecos) contra el rey, que había apoyado a los americanos. Los camareros del Café Paris, preocupados, tiraron de los extranjeros hacia el interior y la turba pasó sin dejar rastro. Por la noche todo parecía tranquilo de nuevo.
Hoy, cuando vivimos en tiempos de desconfianza hacia el mundo árabe, pienso muchas veces en Paul Bowles y en sus libros. Ellos también describen muchas veces esa desconfianza ante el extraño, un sentimiento que es mutuo y que no es más que nuestra propia inseguridad. Algo casi insignificante.
Casi nada puede serlo todo.
Escrito para la exposición Casi Nada, Lisboa, 2007
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