CECI N’EST PAS UNE SCULPTURE

“Un objeto no cumple jamás la misma función que su nombre o imagen”
René Magritte

“El simulacro no es lo que oculta la verdad.
Es la verdad la que oculta que no hay verdad.
El simulacro es verdadero”

Jean Baudrillard

Una serie de manos atesoran, ofrecen, portan o esconden otras tantas formaciones vegetales que, como venas o arterias por las que circula la savia, desarrollan su ciclo vital, desde la raíz hasta la copa, materializando su infinito potencial de ramificación. En el centro o en la base queda el órgano reproductor, el nudo, la semilla, el origen, el hilo conector entre lo humano y lo natural. Estas manos –o lugares donde reside la esencia del gesto– y formas naturales en expansión, pintadas sobre acetato o papel, se ocultan y distancian bajo una serie de capas de resina que el autor ha dispuesto jugando, paradójicamente, con la transparencia y cualidad traslúcida del poliéster. La realidad pasa a ocupar un segundo plano y la materia viva se solidifica como el insecto dentro del ámbar, se convierte en fósil. La superposición de capas de materia hace que el dibujo penetre en las tres dimensiones y se acabe transformando en una escultura.

En este nuevo ciclo de obras Daniel R. Martín emprende un camino de búsqueda que se fundamenta en un cuestionamiento de sí mismo, de su propio lenguaje. El rigor formalista de antaño y la autorreferencialidad de su escultura, patente –entre otras cosas– en su presencia industrial o en la multiplicación de soldaduras, ha dado paso a un arduo proceso de depuración formal y conceptual que le lleva a desplazar a otro orden las cuestiones técnicas heredadas de sus maestros. Ahora la naturaleza y lo orgánico se sintetizan hasta convertirse en la esencia de una trama, un signo, casi una abstracción; lo reconocible se esquematiza hasta el límite de su fisicidad, planteando un análisis sobre la ficción de la imagen y su verdadera realidad.

Este proceso, profundamente reflexivo, no entraña una pérdida de coherencia con lo anterior, sino todo lo contrario. La mano como herramienta básica del artista, nos remite al propio acto de crear, de tal modo que el carácter autorreferencial de su trabajo sigue estando presente, pero desde una perspectiva más conceptual. En sus primeras esculturas también veíamos una especie de semillas o formaciones primitivas que constituían enclaves metafóricos en forma de nidos, celdas o espacios de recogimiento con los que generaba bosques imaginarios de ímpetu ascendente. Daniel ha mantenido, igualmente, una indeleble relación con lo corporal, desde aquellas piezas que recordaban órganos vitales en forma de redes metálicas contenedoras de un vacío expansivo, hasta estas nuevas tramas mucho más abiertas; sólo que, en esta nueva etapa, la gravedad de las mallas de hierro ha cedido a lo liviano. Su obra se ha descargado de peso y se ha impregnado de ligereza, poniendo en práctica la primera propuesta que Italo Calvino consignaba para el nuevo milenio: la búsqueda de la levedad como reacción al peso de vivir. Así, la materia se ramifica en nuevos laberintos que operan en el espacio hasta desmaterializarse en el vacío.

Pero la levedad que Daniel R. Martín confiere a su trabajo también tiene que ver con la fragilidad de las certezas y la pulverización de lo real. Cuando René Magritte pinta su célebre “Ceci n’est pas une pipe” provoca un verdadero desconcierto, al romper definitivamente con la certidumbre sobre la realidad y revelar la traición de las imágenes: la pipa no es una pipa, sino pura apariencia o artificio pictórico, mientras el texto contradice la lógica de lo visual. La representación opera de este modo como un fingimiento de lo que supuestamente es verdad; lo hace visible en el sentido de que nos remite a una realidad que no es, que nunca podrá ser. Daniel bosqueja en sus esculturas este flirteo con las apariencias: el árbol no es un árbol; sin embargo, el elemento sustentante de este supuesto referente que no es (el árbol), se presenta como un cuerpo geométrico abstracto (un cono truncado o un prisma rectangular) de madera, materia de la que realmente está hecho. Daniel R. Martín le dice al roble o al arce: “Tu eres esto”. Lo simulado entonces parece cierto y viceversa, lo cual no deja de ser una metáfora del mundo que nos rodea; un mundo en el que, como argumentaba Jean Baudrillard, “la más elevada función del signo es hacer desaparecer la realidad y enmascarar al mismo tiempo esa desaparición”. Daniel cierra este complejo bucle sustituyendo una realidad por otra: lo que apunta a lo real (el roble o el arce) es pura representación en hierro policromado, mientras que lo que parece una mera representación (la forma abstracta de madera) es lo real, esto es, el verdadero tronco de un árbol. Burla de este modo los límites entre la realidad del material y la realidad del objeto vinculando signo y materia, lo ficticio y lo verdadero.

Jaume Plensa –referencia clave, por otra parte, en el trabajo de Daniel R. Martín– sostiene que la verdadera materia de la escultura son las ideas. Según tal afirmación y considerando el título genérico con que aborda este trabajo, el trueque entre apariencia y realidad llega aún más lejos. Las obras abandonan su condición de esculturas porque en realidad nos encontramos ante “esencias de vida”: materia, flujo vital y crecimiento ad infinitum. Ceci ne’st pas une sculpture.

Marta Mantecón

 

 

VOLVER