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Si el espacio pensase
Varios cuadros recientes de Eduardo Gruber
reciben el nombre de grandes ciudades. ¿La ciudad como ejemplo
sobresaliente y próximo del caos de lo visible? Le Corbusier,
en La Carta de Atenas, editada por primera vez durante
la segunda guerra mundial (1942), hacía hincapié,
tras el análisis de un numeroso y vario grupo de grandes
núcleos de Berlín, a Madrid y a Los Ángeles,
en el desorden introducido por la era maquinista. En todas
las ciudades del mundo decía se molesta al hombre.
Cuanto le rodea le ahoga y le aplasta. No se ha salvaguardado ni
construido nada de lo necesario para su salud física y moral.
En las grandes ciudades reina una crisis de humanidad, que repercute
en toda la extensión de los territorios1 . El optimismo
estaba ya ausente de estas afirmaciones del gran arquitecto moderno,
y hoy día su visión negativa no sólo sigue
vigente, sino que, a pesar de esfuerzos paliativos concretos, la
ciudad representa mejor que otra cosa el caos visible.
De otra parte, el título escogido
por el artista para esta exposición es Si el espacio
pensase, algo que inmediatamente relacionamos con las agresiones
continuas que esa extensión del hombre recibe también
en su carne. El error principal, como ya en su tiempo supieron ver
los románticos, es suponer que el ser humano está
a salvo del medio en el que vive, o que la sociedad tecnológica
y los modelos económicos avanzados de la actualidad puedan
hacer de la vida humana un islote autosuficiente sin relación
necesaria con lo que significa la palabra naturaleza.
En muchas pinturas de Gruber, por el contrario, acaban fundiéndose
necesariamente la arquitectura metáfora de la vida
urbana y el paisaje concreción de la naturaleza
desde la lucidez de quien aúna la experiencia y el deseo,
la visión de las imágenes del caos que nos envuelve
y el movimiento de ánimo en pos de una armonía utópica.
Todo ello tiene como resultado unas obras donde el óleo convive
a menudo con el collage, unas obras en las que la densidad
pictórica dialoga de manera estrecha con el esquematismo
lineal, de índole gráfica.
El espacio adquiere aquí un talante complejo que desprende
proximidad y lejanía, vacíos y llenos, luces y sombras,
color y blanco y negro. El espacio lo contiene todo; nos contiene
a nosotros, por fuera y por dentro. El espacio es fuente matriz
de la imaginación porque en él se desarrolla la existencia,
y en el espacio interior tiene lugar lo que entendemos por vida
interior. En este sentido, Gaston Bachelard escribió que
la fenomenología de la imaginación pide que
se vivan directamente las imágenes, que se tomen las imágenes
como acontecimientos súbitos de la vida 2 , aunque
las mismas no contengan unos perfiles claros ni estén asentadas
en sólidos pedestales.
Las acotaciones gráficas de proximidad arquitectónica,
reticulares y de fondo blanco, resaltan en la pintura de Gruber
sobre fondos polícromos de propensión abstracta, densos
en sus mezclas, veladuras y chorreos. Atmósferas cargadas,
llenas de señales y luces diversas en el sentido más
amplio del paisaje, donde moran construcciones sincopadas, hechas
mediante líneas que no obedecen a la regla, sea vertical
u horizontal
su disposición. La regularidad y asepsia del espacio geométrico
no es su objetivo, sino otra clase de espacio que la trasciende:
el habitado, el sentido. Además, se trata de una representación
que, al igual que la realidad, se ve afectada por la noción
del tiempo, de devenir, y de ahí la impresión dinámica
que produce en el espectador.
Ante estos óleos de distintos formatos, que tienen el lienzo
o el papel como soporte, no podemos evitar el recuerdo de algunas
observaciones de Christian Geelhaar a propósito de la obra
de Paul Klee, concretamente, la síntesis de disciplinada
construcción pictórica, por una parte, y de fantasía
subjetiva, por otra 3. En efecto, es sabido que la arquitectura
también era un arte caro al gran artista suizo, pero nosotros
estamos pensando ahora sobre todo en otra cosa: en la disciplina
constructiva que le aportó su inmersión en el ejercicio
de la música. Klee tocaba el violín con destreza,
un instrumento al que asimismo se dedica Gruber en su retiro. Y
esa dedicación lleva consigo algo que en la pintura que comentamos
se trasluce de modo complejo, aunque posible de rastrear: son visiones
pautadas en la amplitud espacial que a veces alberga panorámicas
de propensión abstracta, como ocurría con Eutropía,
la ciudad invisible, una tela de grandes dimensiones correspondiente
a las ciudades que viene elaborando y que pudo verse en solitario
en Madrid la temporada pasada. Son visiones en las cuales la fantasía
pictórica discurre acompañada, contrapesada diríamos,
por esas especiales modulaciones que introducen los elementos caligráficos
de orden lineal y que antes emparentábamos igualmente con
la arquitectura.
De frente el caos de lo visible que puso de manifiesto Le Corbusier
hablando de las poblaciones importantes, Eduardo Gruber, sin perder
conciencia de dicha verdad, contrapone en sus obras signos imbuidos
de acentos poéticos que parecen reclamar una nueva atención
al espacio de vida, una suerte de respiro para esa extensión
que comunica con la que llevamos dentro.
1 Le Corbusier. Principios de urbanismo, Barcelona,
1979. p. 114
2 Gaston Gachelard. La poética del espacio. México
D.F. 1986. p. 7
3. Christian Geelhar. Paul Klee. Dibujos. Barcelona, 1980. p.
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AURORA GARCÍA
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