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Hacer lugar con la pintura

            Mi primer contacto con la persona y el trabajo de Manuel Losada se produjo hace tres o cuatro años y mi recuerdo más vívido de aquel encuentro es su contenido entusiasmo ante la posibilidad de llevar a cabo una intervención aparentemente muy sencilla en una galería madrileña, pintar las paredes del aseo, que le permitiría llevar a cabo una de sus ideas vitales: hacer lugar con la pintura.
            En su ya casi un siglo de existencia la pintura abstracta ha recorrido un extensísimo camino y ha explorado tanto las que podemos considerar vías principales de su desarrollo como otras muchas secundarias, derivadas casi fractalmente de aquellas. Del mismo modo la pintura en general y de modo más acentuado la abstracción no normativa ha dado entrada en su seno a fenómenos como lo inacabado y a las más extrañas materias pictóricas incluidas todas aquellas alejadas diametralmente de la tradición y la academia. Dicho de modo muy resumido, la pintura ha alcanzado cotas de libertad inesperadas a principios del siglo pasado.
            Curiosamente, sin embargo, y hasta fechas más o menos recientes, un aspecto esencial de su existencia misma se ha mantenido bien en línea abierta de combate, bien sepultado bajo un manto de oprobio más o menos ostentóreo: lo decorativo. Hasta hace como quien dice nada, decir de una pintura que era decorativa era como reducirla a una condición menor y además culpable. He disentido y disiento de ese mal juicio tanto por autoridades –como pensar en Matisse, por ejemplo, sin aludir a la fuerza transmisora de lo decorativo–, como por un convencimiento personal, el de que no hay pintura buena que no sea decorativa ni que escape a su tiempo si no lo hace proyectándose hacia delante. Han variado a lo largo de los siglos no sólo las convenciones de lo decorativo, sino los postulados fundamentales en los que se asienta y, por ello, para que una pintura hoy nos entre por los ojos ha de corresponder a los estipulados hoy.
            En el caso de Manuel Losada propondré, en primer lugar, el cumplimiento de uno de los preceptos matissianos, aquel que dice que: “La composición es el arte de disponer de manera decorativa los diversos elementos con los que un pintor cuenta para expresar sus sentimientos”. Que bien podría ampliarse a la noción general de decorativo que sostenía el maestro francés. “Lo decorativo en una obra de arte es algo extremadamente precioso. Es una cualidad esencial. No es peyorativo decir que las pinturas de un artista son decorativas. (...) La característica del arte moderno es participar de nuestra vida. Un cuadro en un interior, por sus colores, expande en su rededor una alegría que nos alivia.”
            En el caso de Losada, composición, sentimientos, vitalidad confluyen, además, no en estar en un lugar, sino en hacer lugar. Como si sus cuadros tuviesen algo de escenográfico o teatral, de telón transparente por el que asoman las bambalinas y entrevemos la silueta recortada de los protagonistas.
            La superficie soporte de sus obras es las más de las veces una tela previamente impresa con distintos motivos ornamentales, que pueden ir de lo más clásico a lo más popular y cuya elección depende, a su vez, no del azar o de la indiferencia estética, sino muy al contrario, de aquello relacionado con la memoria personal, con lo que participa de la vida y le da sentido.
            El artista dibuja en el ordenador una serie de patrones simétricos o formas aproximadas a lo orgánico o incluso simples ovoides, círculos o franjas paralelas que serán una vez pintadas manualmente sobre la tela quiénes conformen una doble imagen perceptiva: la de su propia existencia como forma contra un fondo y la que nos llega desde ese fondo cubierto, cual fragmentos visibles que escapasen de la muralla de lo opaco.
            Una posterior y última o penúltima combinatoria ensambla por afinidades o confrontaciones formales o narrativas distintas variables: franjas monocromas adjuntas a tupidas formaciones en pattern, bandas horizontales de distintos colores contra círculos que permiten ver la base, formas dibujadas –estrellas, flores, etc.– sobre fundamentos geométricos, etc. etc.
            Me importa señalar que tanto esta danza combinatoria como el elenco de formas tiene, verdaderamente, un solo valedor, un elemento que es, creo, el auténtico protagonista de las piezas de Manuel Losada: el color. Un color vivo, restallante, que no elude para nada las armonías y a la vez las disonancias tonales, que salta de la pared a los ojos expandiendo en su rededor una alegría que nos alivia.
            Del mismo modo que su opción por lo abstracto incluye en cada obra su narratividad singular, su historia referencial que implica tanto lo biográfico y parcialmente expuesto como lo evocativo para el espectador ocasional.
            Creo no equivocarme al atribuir a la artista brasileña Beatriz Milhazes –por cierto, una de las filiaciones que se atribuye el pintor– la idea de pintar para hacer más límpios los ojos del que mira. Un deseo que creo comparte también Manuel Losada.

Mariano Navarro

* Henri Matisse. Écrits et propos sur l’art. Hermann Editeurs, Paris, 1972.
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