MÁS ALLÁ DEL TÚNEL

Vi numerosos grupos de almas desnudas, que lloraban miserablemente, y parecían cumplir sentencias diversas. Unas yacían de espaldas sobre el suelo, otras estaban sentadas en confuso montón; otras andaban continuamente.
Dante Alighieri- La Divina Comedia. Canto XIV

La mañana del dos de julio de 2005, un grupo de doce amigos se encontraba en el aeropuerto de Parayas para iniciar un viaje a Londres. Entre ellos estaba Joaquín Martínez Cano. Eufóricos y alegres por reunirse de nuevo y por la inminencia de la partida, ignoraban la trascendencia que tendría para sus vidas aquel viaje.

La devolución de los dibujos y acuarelas originales del ilustrador británico Quentin Blake después de su primera exposición individual en España, en Santander, fue el motivo de ir a la capital británica. En el origen del viaje estuvo el arte y al final también. Una de sus consecuencias es la exposición que estamos contemplando. Después de una estancia divertida, alegre e instructiva en Londres, con una convivencia agradable y afectiva, se produjo como en toda buena obra de arte, en toda vida, un descenso a los infiernos. En esta ocasión se inició en la boca del metro y continuó en las escaleras. Después, varios metros bajo tierra, hizo aparición el azar. Los viajeros eligieron un vagón sin saber que jugaban una partida a la ruleta rusa con el destino, ignorantes de que sus vidas dependían de esa decisión.

En la oscuridad de un túnel se produjo una explosión en el tren que se cruzaba con el suyo. Todo quedó a oscuras, se rompieron los cristales, el humo los envolvía, se escucharon los gritos de dolor cuando se hizo el silencio y todo quedó en suspenso.

Aquel día se produjeron otras explosiones en el metro de Londres y en un autobús, varias personas perdieron la vida, otros quedaron mutilados o heridos y miles vivieron con angustia una situación terrible deambulando en silencio bajo la lluvia por una ciudad sonámbula, sin tráfico apenas y con el sonido desgarrador de las sirenas acercándose a los lugares de la tragedia.

El grupo de amigos salió ileso del atentado, pero aturdidos, conmocionados y desorientados intentaron comprender lo ocurrido, trataban de asimilar el sinsentido, el absurdo, la crueldad de la barbarie criminal. El silencio, el esfuerzo físico de la caminata cargando las maletas y después las conversaciones, la ayuda mutua, el cariño y la amistad les ayudó a superar una experiencia realmente traumática.

Hablaron entre ellos, después con los amigos, con los familiares y la palabra les fue ayudando a volver a la normalidad. Todos tenían necesidad de comunicar lo que habían vivido, algunos escribieron textos explicándolo y explicándoselo a sí mismos. Joaquín tomó los pinceles y los botes de pintura y con sus herramientas de trabajo comenzó el exorcismo.

Los actos terroristas se han convertido en el siglo XXI en un acontecimiento cotidiano. Los medios de comunicación nos informan de ellos con imágenes de destrucción en las que aparece la muerte y el sufrimiento observado desde fuera, desde el punto de vista del testigo distanciado. Joaquín en esta exposición nos ofrece la visión de la víctima y sus imágenes surgen desde el interior de la tragedia. No son tremendistas, no buscan el sensacionalismo, plasman lo que un ser humano normal siente al ser cruelmente agredido.

Los cuadros de Joaquín Martínez Cano no son la crónica de estos acontecimientos. Evitan toda referencia concreta. Van más allá. Reflejan el dolor y el aturdimiento que inevitablemente nos producen algunas experiencias por las que pasamos a lo largo de la vida. Aquí nos propone, también, un viaje espacial y temporal como resultado de dos momentos creativos.

En el primero, que pude observar en su estudio y no queda reflejado en la exposición, un reducido número de cuadros de tono expresionista nos presentan la desolación de unas figuras deformadas, con una gestualidad retorcida, impotentes e inermes ante lo que les ocurre. Ensimismados, buscan en su interior, en el vacío, un hueco en el que acurrucarse y protegerse del exterior hostil. Permanecen inmóviles en un espacio cerrado. El dramatismo y la introspección se plasman en estas escenas como consecuencia de la necesidad urgente del pintor de expresar lo que ha vivido. Sin documentación, sin intermediarios, su acción directa sobre el soporte plasma estas figuras aisladas, encorvadas, hundidas...

Al segundo momento, pertenecen las obras que podemos contemplar ahora. Nos muestran una creación más serena, espacios abiertos, grandes masas de gentes, edificios de la gran ciudad y un grupo cohesionado de personas formando, a veces, un círculo. Los personajes recuperan el movimiento y el dolor se sugiere muy sutilmente. Se alternan las escenas placenteras de los turistas antes de los atentados con las posteriores en las que las figuras, después de la conmoción, al salir al exterior, se yerguen, avanzan, recuperan su dignidad ciudadana de habitantes del espacio civilizado. Han abandonado el submundo del terror, del caos, de la agresión y del crimen como forma de expresión, como lenguaje de la barbarie.

El método de trabajo del artista en estos cuadros finales es muy diferente. Parte, además del recuerdo y de las emociones ya reposadas, de la documentación gráfica aportada por los compañeros de viaje. Emplea otros instrumentos como el ordenador para llevar a cabo un tratamiento informático de las imágenes. Trabaja directamente sobre la pantalla lo que después se plasmará en el soporte definitivo, sobre el cual no sólo pintará, sino que efectuará un vaciado parcial del mismo con la cuchilla.

Este contraste entre la utilización de las nuevas tecnologías y las herramientas tradicionales también lo encontramos en el empleo del color. En las primeras obras se aplicaba sobre los personajes y los objetos, sin embargo, en las expuestas se abstrae de las figuras y se concentra en estrechas bandas verticales que sintetizan el color de la escena recuperando el plano de dos dimensiones, que se opone al efecto de profundidad de la perspectiva con que están descritos los escenarios.

Las dos series de cuadros se contraponen, también, de manera llamativa en la utilización del espacio y, sobre todo, del tiempo. En la primera, como vimos, el escenario es cerrado: los vagones y el interior de la estación. No hay movimiento, los personajes se encierran en ellos mismos, no hay vida. El tiempo se ha detenido. El pintor, por su parte, trabaja bajo la impresión muy cercana de la tragedia vivida y necesita desahogarse, liberarse de la conmoción, ver en el espejo del cuadro lo que le desasosiega en su interior.

La acción de las obras expuestas, sin embargo, se desarrolla fundamentalmente en espacios exteriores y el tiempo es quien realmente las va configurando. Aparece como evolución natural del trabajo del pintor a medida que transcurren las semanas y avanza el verano. El paso del tiempo lo constatamos en el vaciado con la cuchilla, que sólo se aprecia al acercarse al cuadro, en la diversidad de los cortes, en la distinta cantidad de materia que dejan. Los restos que quedan tras esta operación son como los recuerdos que permanecen con el paso del tiempo. Las formas, las imágenes surgen del contraste de esos fragmentos con el negro, con el vacío. El tiempo también discurre de diferente manera durante la creación, que es laboriosa y permite un espacio para la reflexión y un control mayor sobre los resultados. Hay mucha más serenidad en el pintor y esta calma, paradójicamente, es la que infunde vida a los cuadros. Las figuras adquieren dinamismo, avanzan por la ciudad, recuperan la vida.

El proceso creativo de esta colección ha evolucionado desde el dramatismo expresionista de los individuos del primer momento hasta una aparente normalidad, en la que el vacío físico, el negro de los cuadros, se convierte en metáfora del hueco, del dolor oculto, del daño irreparable que ha sufrido la sociedad en su conjunto. Sin embargo, Martínez Cano a través de la reconstrucción de este viaje nos transmite el deseo de superación, nos anima a seguir adelante. Joaquín es un pintor de la vida, del color, del movimiento, que ha sabido pintar el vacío de la muerte y de la ausencia y, por eso mismo, no se rinde. Es un ser generoso, que nos ofrece su amistad y se resiste a transmitirnos solamente la tristeza del mundo, el dolor que provoca el fanatismo. Quiere compartir su entusiasmo por el arte, su fortaleza y el cariño que experimenta en su entorno más próximo con todo el que se acerque a contemplar su obra.

Juan Gutiérrez Martínez-Conde
Santander, mayo de 2006

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