ISLAS

No son islas de naufragio, son islas imaginadas, deseadas. No están en mares remotos de lejanos lugares poco conocidos. Si no que están próximas, cerca de la orilla donde las contemplamos. Podemos coger una barca para llegar a ellas, incluso nadando podríamos alcanzarlas. Nada nos lo impide pues el temor no nos ata, sólo la curiosidad nos incita el deseo de explorarlas.
Ponemos un pie en ella y el camino se nos muestra. A cada paso las cosas van sucediendo como a Alicia en el país de nuestros pensamientos. Aunque teníamos una idea de su conjunto, la habíamos visto ya desde la orilla, al entrar en ella, cada rincón aparece como por sorpresa. Pero esta pasa pronto, enseguida lo reconocemos en la memoria: Aquel lugar una tarde en otra ciudad a la que viajamos, incluso percibo aquel aroma especial que tienen las ciudades en el recuerdo, o la página de un libro, o una postal, o aquella imagen que apareció de repente en la mente al escuchar esa música que tanto me gusta.
Aunque parezcan azarosas no lo son, tienen su orden, incluso el sendero de una narración las va construyendo. Y también la geometría. Esta parecería una reja que nos encierra, su perfecta ordenación de diagonales, verticales y horizontales así parece para algunos. Pero no, no son rejas que impiden el paso sino una rítmica estructura donde sujetar las cosas que sin ellas quedarían tiradas por el suelo o amontonadas sin gracia. Es como un buen director de orquesta que permitiera improvisar a sus músicos pero crease un hermoso efecto de conjunto. Porque la imaginación es diestra en correterías, construye castillos de arena, apiña cosas distintas que antes no se conocían e inmediatamente empiezan a charlar en animada conversación o ve de pronto algo concreto y divertido en lo que apenas es unas líneas. Así que un poco de orden hace más interesante la reunión que terminaría siendo una algarabía de voces jaleosas. Todo tiene su punto.
Las islas surgen impulsadas por el estado de ánimo, algunas son melancólicas, y estas tienen fuentes que ahuyentan la sed del desierto de las tristezas. Justo nos da el punto donde el empalago desaparece, donde las cosas siguen siendo interesantes  justo antes de convertirse en islas de náufragos.
Otras son traviesas, con un punto de picante. No son propias para gente que cree en ideologías, no suelen tener sentido del humor, sino para escépticos deseantes. Tampoco “buen gusto” será la vestimenta adecuada pues siempre se encontraran incómodos no vayan a mancharse y adoptaran sonrisas de circunstancia ante tan imaginativos ropajes. Aunque quizás la isla les convenza que el buen gusto de verdad gusta y se dejarán llevar por el placer de la belleza sea esta como sea y no como dictan las reglas. Por ejemplo hay un cóctel apropiado para degustar en algunas de estas islas: Póngase una generosa porción de cursilería, añádase una porción de ácido, una pizca de picante y unas gotas de angostura. Comprobará como el empalago pasa a ser una excitante postura a contrapunto.
También las islas son reducto de otra cuestión: En general el mundo cotidiano que nos rodea suele producirnos rozaduras e incomodidades lo que nos lleva a imaginar mundos ideales donde estas no existen sino que además nos rodea aquello que nos gusta. Como esta apreciación es totalmente subjetiva estos mundos tienen el inconveniente de estar habitados por personas que no comparten tus criterios. Así que es más fácil imaginar islas ideales lo suficientemente pequeñas para alojarte sólo a ti. Pero estas islas solitarias empiezan a tener un cierto cariz de naufragio. No, así no son las cosas, lo ideal es que las visitemos cuando nos plazca. Están ahí para cuando este mundo lleno gentes empiece a no tener gracia. En el fondo son “folie”, ese tipo de construcción que surgían en los parques, no destinado a la vida cotidiana, sino a pasar un rato, tomar una merienda, organizar una fiesta, leer o pensar en las batuecas. En estos pabellones se ha experimentado todo tipo de estilos e ideas. Grutas de rocallas, ruinas clásicas y exóticas, pagodas chinas o hindúes, construcciones de cristal a lo Mies Van Der Rohe o Philip Jonson, casitas de Toyo Ito y la mas variada gama de “Neo”: góticos, clásicos, bizantinos o modernos. Son lugares para estar a gusto con nuestros gustos.
Muy apropiada para estos lugares acuáticos es la técnica de la acuarela. Esta de siempre me ha gustado, quizás por su sencillez, limpieza y la comodidad de trabajar sobre una mesa. El modo en que la empleo nace mas del mundo arquitectónico que del pictórico. A finales de los setenta cayeron en mis manos una serie de publicaciones de planos de arquitectura iluminados de mediados del XIX. Sobre todo reconstrucciones de templos griegos donde se restituía su policromía original. Me fascinaron, tenían un no sé qué de moderno. También los pintores románticos, sobre todo alemanes, hicieron unos paisajes, la mayoría de las veces en aguadas monocromas, que también me sugestionaron. De ellas, sin llegar a ese grado de perfección, nació la técnica que empleo desde hace veintitantos años y con la que me siento a gusto. Incluso la fascinación por el oriente también se ha adaptado a este modo.
Pienso que estas son unas islas placenteras nacidas de la imaginación de un amante del arte. Ellas, como el arte, están destinadas a aportarme el placer de la belleza. Quizás como hacedor ellas están pobladas de aquellas cosas que me gustan. Yo te las enseño desde la orilla, de ti depende que cojas la barca hasta llegar a ella. Ya te cuento que están pobladas de elementos de mi imaginación, es mi cabeza la que tengo sobre mis hombros. Al fin al cabo todos somos islas.

Guillermo Pérez Villalta
Sevilla, octubre del 2007

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